Del trapo a la letra
Reportera de lo que no se ve. Dijo alguien por ahí.   
月曜日, 1月 4
La partida
Tarde o temprano hay que abandonar el nidito. Sí, este post va dedicado a todos los rancios que están en la media de los 20 años o más, y que aún se acomodan en el sillón de la casa de sus padres a ver Yingo o Animales (o alguna otra cosa más espectacular si tienen cable, como ese programa donde muestran las cosas en cámara lenta, la zorra…), y también para los que como yo, ya han volado con sus propias alitas y han salido ilesos en el proceso.

Ahora, salir ileso es una cosa. Que te salgan bien las weás es otra.

Vivir solo es un desafío gigante, que se enfrenta con harto miedo, aunque uno nunca lo acepte y se las dé de independiente shúer logo. Y podría asegurar que la primera complicación que se nos viene a la mente, cuando se trata de batírnoslas por nuestros propios medios, está estrechamente relacionada con las tareas domésticas. Porque sí, digámoslo, la mayoría de los mortales que habíamos vivido siempre bajo el alero de una mamá sonriente y bella que nos hacía la comida rica y nos planchaba los vestiditos, nos topamos de sopetón con todas aquellas cosas que no hacíamos jamás. Más de alguno habrá hecho su cama (y deshecho, supongo), pero más allá de lavar los platos de vez en cuando y recoger la mesa, dudo que la experiencia en las labores del hogar haya sido lo bastante ardua como para estar entrenado a full al momento de los que hubo (se aceptan excepciones, no me vayan a golpear porfa, que no quiero ser como Arenita).
Así que la primera vez que lavai los platos te piteai la mitad del detergente, y después te dai cuenta de que es bien cara la mierda y que no debiste hacer eso, y juras que no lo harás nunca más. Entonces para la próxima compras uno más barato y más grande, y resulta que es más malo que la cresta y te lo volvís a pitear, y entonces uno se pregunta, ¿dónde está Dios? Y la cama, por alguna razón, no se parece a la que hacía tu mamá, los cojines están chuecos, y hagas lo que hagas no queda cuadradito y al final parece cama de hostal, y, entre muchas otras cosas, pasar la aspiradora y la plancha por encima de una camisa es mucho más agotador de lo que parecía en la tele. ¿Y la cocina? Ese tema me podría casi ocupar un post entero, así que lo resumo en que las primeras veces uno se va a la soberana chucha, porque puta que es difícil cuando se está solo. En lo personal, no me gusta comer cuando no hay nadie más, entonces como que le hago el quite a la cocina y eso termina siendo catástrofe, porque poco y nada se aprende si uno no echa a perder (o hecha, no sé, como que esta expresión no existe así que me la van a perdonar si está mal). Me aburre pensar que tengo que preparar algo que sólo yo voy a comer, entonces me sale el amor de madre y deseo que mi cuyi se interese en los pasteles, postres y estofados que podría llegar a hacer si él los probara. En fin.
Aparte de eso está el tema de organizarse con las lucas, de saber en qué gastar y en qué no, y ahí es cuando te empiezan a doler varias cosillas que ya no puedes hacer tan seguido, o que, lisa y llanamente, tienes que dejar. PRIO-RI-DA-DES. Una bosta, pero existen. Yo siempre me quejaba de que cómo algunos amigos eran tan cagones de no tener plata para carretear, que qué les costaba gastar dos o tres lucas, o cinco para ir a la disco, o cómo no podían traer una cooperación algo más sofisticada al momento de solicitarla para un malón o un brillito. Pero después de estos meses en los que he tenido que sustentarme con el sudor de mi frente, me he dado cuenta de que esas mismas 3 lucas con las que salía a mover el cucu, se pueden traducir en no sé cuántas zanahorias, morrones, vegetales varios y hasta pan y pasta de dientes. Sí amigos, el dinero es una herramienta poderosa en manos de quién sabe usarlo, y vaya que hay que saber usarlo en estas circunstancias de independencia. Entonces, dejai de hacer todas esas cosas para las que antes te alcanzaba, porque antes tus papás podían pagarte mucho de eso y no había preocupación alguna, y la mesada (en el caso de los afortunados) y la plata que juntabai quién sabe por qué, te daba perfectamente para todas las excentricidades, golosinas y cosas inútiles del mundo. Todo aquello que parecía tan corriente se transforma en un puto lujo.

Pero en todo caso, no quisiera que pensaran que este es un post negativo. No, no lo es, es más bien un post realista, o al menos de la realidad que a mí me ha tocado vivir en esta aventura, y que de seguro llegará a ustedes en un futuro cercano o lejano, con mejor o peor suerte que la mía. Vivir solo tiene sus pro y sus contras, pero más allá de todos los errores que puedas cometer, de que a veces te falte la plata o de que uno pierda la paciencia cada dos por tres, la libertad de saberse autodidacta e independiente no tiene precio. Aunque sería bueno que para todo lo demás existiera Master Card :/
craneado por Nahid @ 7:39 午前   1 haciéndome la pata
木曜日, 10月 1
Mucho, mucho tiempo
Hace mucho tiempo que no escribo nada en este blog. Una vez, hace algunas entradas, me pregunté si facebook y otras herramientas que me son un poco difíciles de usar, como Twitter, Fotolog y demases, podrían ser capaces de reemplazar a este mundo que alguna vez fue maravillos y único. El de los blogs. Y bueno, al parecer la respuesta es sí, totalmente sí.
Es otra vez la nostalgia lo que me trae hasta aquí, a este espacio que ya nadie lee, porque al lado de gigantes como el ya nombrado facebook, no tiene cómo competir en asuntos de publicidad y aceptación masiva. Yo era feliz escribiendo mi blog. Creo que incluso era famoso, con más de 10 comentarios y todo eso. Y era mi herramienta para escupir todas aquellas cosas que no podía conversar con nadie, y no porque no quisiera o fueran estrictamente privadas, pero porque no eran demasiado relevantes.
Así que acá estamos de nuevo. Leyendo entradas viejas, riéndome de todas las pendejadas que alguna vez plasmé en este lugar verde. Han pasado tantas cosas en mi vida que es aburrido escribirlas.
Quizás fue porque estaba leyendo un blog ajeno, lleno de ideas locas y eso. Cada vez que me meto acá estoy un poco más grande. Ahora soy mucho más grande de lo que alguna vez me imaginé. Ahora estoy a la puertas de algo muy importante, de un compromiso bello y de muchos desafíos que incluyen cositas laborales y de práctica. He avanzado en muchos aspectos. He trabajado, he llorado, he perdido y ganao amigos, he mandado a la chucha y me he vuelto a enamorar. He rechazado y aceptado, he buscado y me he dado por vencida para volver a levantarme. Me he interesado en nuevos temas, he bailado y he colgado por un momento los caderines y las caderas, me he inmerso aún más en el mundo de los cómics y hasta me han confeccionado un disfraz. En la más ñoña, en esa que da pie, quizás, para un futuro post. Si es que alguna vez me animo a escribirlo (probablememte).
A pesar de que trato de convencerme de que nadie va a leer esto, quizás alguien lo haga. Y ni siquiera tal vez, sino que, de seguro, eso me va a gustar mucho. ¿Será que aún existen todas esas personas que me leían, y con las que me deleitaba al leer de vuelta?
craneado por Nahid @ 1:27 午後   9 haciéndome la pata
月曜日, 11月 24
Hola pianolas!
Es obvio que con tanta propaganda y carteles esparcidos por la vida, todos sabemos lo que pasa este 29 de noviembre. Así es, el día en que entrego mi tesis lista y limpia, tiqui-taca y Cochabamba. Y es que ya soy grande y no hay vuelta atrás. Estoy en cuarto año de la carrera, en una situación espacio-temporal en la que ya definitivamente no te arrepentiste de lidiar con las letras shinas. Y me lamento algunos días por tener que aprenderme de memoria una pila de verbos absurdos, pero al otro me digo que algo de bakán tiene poder leer esos caracteres tan locos ashí… y poder pelar en el metro con alguna compañera sin que nadie sospeche siquiera que lo estamos haciendo bolsa al estilo nipón.
Lo malo es que no sé qué tanto voy a hacer después. Um, gran problema. Porque si bien ahora estoy dedicada al inglés, enseñándole con toda la paciencia que Buda me provee a los mocositos adorables, pretendo hacer algo de mi vida que tenga que ver con esta cagá rara que elegí para estudiar. Y ah no, no, nada con monos, que ya me basta con un par de especímenes raros, o un par es muy poco decir, que rondan por la Universidad blindados de chapas y teñidos de colores invisibles al ojo humano e inexperto.

¿Y cómo están?

Yo ahora me río porque, comillas, terminé prácticamente mi asunto tesino. Porque me saqué la cresta varias noches haciendo calzar las conclusiones de mis compañeras y mías, porque edité y edité hasta el cansancio y metí información de las maneras más increíbles. Ahora sólo falta la revisión final de nuestro profe guía, un pelao sentimental que se amurró porque no seguimos todas sus indicaciones al pie de la letra. Y como que le faltó buscar el significado de la palabra guía en la RAE.

Así nos hacemos grandes po, de la noche a la mañana. Todavía me acuerdo de mi primer día de Universidad, tiritando porque nadie me aseguraba que después de dos semanas de ausencia no me fueran a hacer pebre con algún mechoneo rezagado. Y que uno que otro que ahora es amigo me echó el ojo con malicia. Y los pelos cortos de todos los que sufrieron el calvario de harina, challa, cabeza de chancho y piscinas infestadas de tifoidea. Como que todos éramos amigos y nos demoramos un par de semestres en armar el reality. Así algunos se pusieron a pololear, otros terminaron, otros empezaron y otros se volvieron unos borrachos despiadados. Algunos veníamos así de fábrica.

Y yo tenía un cuaderno para cada cosa, casi forrado de los colores que te dan en el colegio, como verde para ciencias naturales y amarillo para historia. Y ya sé que no se llama ciencias naturales anymore, pero es que la denominación de “comprensión del medio” es un poco ambiciosa para el 90% de los pendejos que seguirán tirando papeles de chocopanda en las calles sin haber comprendido una puta parte del universo.
Ahora un solo cuaderno oficia de absolutamente todo. Tiene direcciones de correo, apuntes para mis próximas clases, nombres de libros, dibujos obscenos y sugerentes, chateos descarados, secretos y verdades, una que otra talla incomprensible para los que no están insertos en el mundo fantástico de la traducción, y materia, por cierto. Una mezcla horrorosa de todas las materias reunidas en un sólo lugar, cosa de que cuando neceste estudiar urgentemente para algo no lo encuentre ni cagando y termine sacándole fotocopia a las anotaciones pulcras de alguien más. Si es que la saco, porque después de mi episodio Bem-vindo, aquél libro de portugués que JAMÁS fotocopié y pasé el ramo con promedio 6 igual, me he vuelto una pajera con el asunto de las copias. Si hasta plata tengo, pero caminar hasta los lolos que aburridamente te obran 20 o 60 pesos es mucho para estos días de calor.

¿Cómo es que avanza la cosa?

Y me quedan todavía ramos que pasar, pruebas que dar, clases que recuperar, niños con los que trabajar y tesis que defender. Soy tan vieja culiá que ni siquiera hablé del año nuevo y la Navidad, esas cosas que le dan un sentido más humano al fin de año. Nah.

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craneado por Nahid @ 4:11 午後   1 haciéndome la pata
水曜日, 9月 3
Nostalgia
Esta weá es pura nostalgia. Lisa y llanamente.

Estoy en una casa ajena, en un computador ajeno con un teclado raro y complicado que me hace el quite con los tildes gráficos, comiendo y bebiendo provisiones ajenas. Vivo en una dimensión desconocida, compartiendo con seres extraordinarios que me han regalado un pedazo de alegría después de tanto estrés y desaparición. No me he cambiado de pantalón hace tres días, ni tampoco de chaleco de lana. Me he amononado cual dama medieval, lo mejor que he podido, sucumbiendo a la tentación del perfume y con miedo a la ducha. Y así me he acordado de pronto, por esas cosas locas loquísimas, que tenía un blog, uno bien verde y lleno de monos que no tienen nada que ver con lo que escribo. Me acordé y me metí para ver qué había pasado, para descubrir si el mundo blogger seguía vivo debajo de tanto facebook y flickr. Y me resultó ajeno. Igual que los huevos de chocolate de hace novecientas pascuas de resurrección que yacen en un canasto a mi lado.

Es probable que un recuento de mis días no sea el tema más adecuado para alguien que alguna vez dijo que escribir sobre tus problemas y hazañas era lo más egocéntrico y porfa mírenme del mundo. Pero, no tengo más ideas en la cabeza, y además, pretendo empezar a voyerear los blogs de todos aquellos que alguna vez me fueron fieles y leyeron y releyeron mi espacio las veces que fuera necesario para decir "qué weá más mala" o "la juventd está perdida".
Volví de Japón y… ah, esa mierda ya la conté, perdón. Estuvo divertido y tengo que regresar a como dé lugar. También conté lo del árabe caliente, changos.

Pasé el ramo de redacción japonés, el putísimo ramo que me tenía con el alma en un hilo. Ahora que mi papá está contento de nuevo, excepto porque tiene que empezar a tirar cheques para la universidad, puedo contar que me saqué la nota más baja de toda mi vida con la profe Kuroda. Cuando miré mi DOS SIETE, y en letras bien grandes e imprentas para que sea impactante, me fui a la chucha y lloré como una nena, echándome el ramo por adelantado y con la música del Apocalipsis y de vangelis (la misma de las graduaciones de cuarto medio) y me pregunté, irremediablemente, en qué momento me había metido en la cabeza que estudiar japonés era una buena idea. Ahora sigo cuestionándomelo, pero luego de haber comprobado en el correo de Yahoo que al final había resurgido cual ave fénix, al menos la música de vangelis se ha ido.
Ya no más con la universidad.

Trabajo haciendo clases particulares de inglés, de todos los niveles y con todos los tipos de ser humano. Con un trío de adolescentes que expelen hormonas y me cuentan sus historias de amor de cachorro, y con niños pequeñísimos que me rebaten la idea de un búho vertebrado. Por la cabeza que gira cual exorcista, ya saben. Y que me dicen que las serpientes no tienen patitas porque Jesús les hizo no sé qué. En algunas casas la comida es abundante y buena, en otras, pretenden calmar el sonido pecaminoso de mis tripas con un vaso de agua mineral.

Me cago como sardina todos los días en el metro, y para palear la combinación terrible del sofoco, la baja temperatura y metro TV, he agarrado la costumbre de leer los cómics en inglés que me provee mi nuevo y flamante esposo (cosa que va acompañada del arte de evitar las miradas de los gordos hentai que ven en mí a una heroína sexual, sólo porque tengo a spiderman debajo del brazo).

Mi perra se fue al cielo. No es que se haya muerto, es que se fue al cielo, porque al menos así me lo prometió la película que dan cada fin de semana en el TVN. Y ahí tuve unos cuantos días más para botar lagrimones salados. La buena vieja, la buena vieja, fuimos excelentes amigas mientras pudimos.

Sigo haciendo danza árabe, con la diferencia de que ahora me creo pro, ensayo casi todos los días, tengo setecientas mil faldas y velos y pretendo unirme al ballet que va a crear mi profesora. Del miedo a la pasión. Incluso ya participé en un evento. Chico, medio parecido a una kermés, pero evento al fin y al cabo. Y como que le pego a la weá.

Y bueno, ya me aburrí de las novedades personalizadas, además de que mi novio está a punto de llegar con un McFlurry que en nada me ayuda a mantener la línea. Ahora me voy a meter a todos los links que recuerde para darle un beso a cada uno de ustedes.
craneado por Nahid @ 3:17 午後   10 haciéndome la pata
土曜日, 4月 19
Watashi no koto, oboete iru no?

Estoy viva. Y no, no llegué de Japón hace poco, sino que hace varios millones de años ya. Y es que he estado tan ocupada, tan ocupada, que empecé a pasar por alto que tenía un hijo en la blogósfera y casi se me muere de hambre en estos días.

Apenas pisé suelo chileno y ya tenía que moverme de nuevo, pero esta vez a algo quizás aún más desconocido que el país del sol naciente. Después de los abrazos y moquilleos varios de mi gente, que llegó con mascota y todo para el reencuentro en el aeropuerto, me informaron por interno que estaba todo casi listo para que me fuera a vivir sola a un departamento del centro. Bueno, ni tan sola, con mi hermano chico que acababa de entrar a la Universidad y que estaba hasta las pelotas porque se le ocurrió estudiar diseño en las alturas de Machu Picchu (dígase san Carlos de Apoquindo). Así que, pasé apenas unos días en mi antigua casa, respirando la atmósfera inquietante y flaitística de los alrededores, y me mudé a Santiago con las pilchas colgando cual equeco. Ahora estoy escribiendo (al fin con internet) desde mi nueva locación, un acogedor departamentito con vista a nada especial, pero que me queda a pasos de la U y de los carretes de última hora a los que nunca podía ir por vivir en la periferia del planeta.

¿Y Japón?

Japón, veamos. Es una sensación extraña volver al país, porque la verdad uno viene como atragantado de weás. Sí, porque uno no sabe si quiere contar o que mejor le pregunten, y mira para todos lados tratando de no echar de menos una nación tan diferente. Tratando de no decir a cada rato “en Japón las cosas eran así o asá, en Japón la gente hacía tal cosa”. Pero puta que difería de la realidad que tenía frente a mis ojos. Puta que eran distintas las calles, los autos, la actitud cálida y grosera de los transeúntes y ciudadanos comunes. Allá donde no me miraba nadie, acá donde hay que taparse hasta las pestañas para que los viejos no te devoren cada vez que te echan el ojo con lujuria extrema. Hasta los semáforos tienen otro color y otra forma. Los letreros en español, sin ningún kanji para tratar de leer, sin papeles que por todos lados te invitan a comer yakiniku, ramen, a comprar la última moda en maquillaje Shiseido con preciosas modelos mestizas, a jugar un par de fichas en esas máquinas de peluches totalmente dignos y compuestitos de Disney. No hay un mall de 8 pisos para entrar y sentirse tan ajeno como contento entre tanto lujo, no hay vitrinas que exponen la fruta con diseños vanguardistas y restoranes por los que jamás podrías pagar siendo un chilenito feliz como yo lo era. En la calle los tíos no venden takoyaki ni sushi, porque se las baten con arrollados y sopaipas grasosas que están en el momento preciso para rescatarte del bajón con más presteza que cualquier otro superhéroe. Los Barneys apolillados y rancios venden globos y saludan a los niños en reemplazo de una esponjosa Hello Kitty o un Doraemon en cada esquina. No hay tiendas Dior, Chanel y Sony en pleno centro con las puertas abiertas de par en par, listas para que los chinos locos entren y se prueben zapatos ínfimos y toqueteen los mil y un modelos de ipod con total libertad, no hay espectaculares motos estacionadas sin cadenas a las afueras de cada local de comida rápida. Las viejas solteronas se pasean con la típica falda floreada en vez de un kimono, y las paredes ofrecen conciertos metaleros de hace meses en vez de trabajo part time con sueldo exorbitante. En la mañana la tele me despierta con Camiroaga y no con Takeshi Kitano, el director de cine que todos aman y que en su país natal no hace más que una chorrada tras otra para que nos caguemos de la risa comiendo onigiri a cualquier hora del día. Los comerciales me son gratamente familiares, y me muestran los autos que sí puedo tener sacándome la cresta en el trabajo durante algunos años. Y los tiernos perritos callejeros inundan la capital cojeando sin más remedio, sin imaginarse siquiera que en la tierra de las geishas no existe un símil para ellos, porque allá cada hermosa muchacha tiene una hermosa mascotita igual que Paris Hilton.

Acá no hay, no hay nada de eso, pero no voy a empezar a dar la lata con que una cosa es mejor que la otra. Me voy a limitar a decir que, en Chile está la gente que yo amo, la que odio y la que extrañé en muchas oportunidades. Porque sí po, aunque muchos no lo crean esta muñeca venía con un corazón incluido de fábrica, y más de una vez se quebró recordando que la familia y los amigos andaban comiendo empanadas de pino en el Cajón del Maipo mientras ella se ensañaba con un par de palitos para agarrar el okonomiyaki a kilómetros de distancia.

Es un placer tenerlos de nuevo conmigo. Veamos qué otro dato rosa nipón podemos compartir más adelante.

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craneado por Nahid @ 10:15 午前   14 haciéndome la pata
木曜日, 2月 21
Noticias Internacionales
Son tantas las cosas que me han pasado que ni siquiera se me ocurre por dónde empezar. No sé, querida gente bloggera, los he abandonado por un largo tiempo, y ahora que me quedan apenas un par de semanas en este hermoso país, y que dispongo al fin de tiempo para estar frente al pc, supongo que es justo postearles un poco. So, vamos a comenzar relatando las aventuras de una banana que se enfrentó épicamente con la tierra de los entra cuchillo, sale tripa.

Mi despedida fue de esas de película, con toda la familia que te va a dejar al aeropuerto, gente aguantándose los lagrimones (y yo me cuento ahí), papeleo por todos lados y bendiciones varias. Estaba nerviosa, sí, sobretodo cuando iba por el tunelcito que me dejaba en claro que ya no existía punto de retorno después de abordar…
Pero al fin partí, elevándome cual avecilla por los cielos, y después de un par de horas me di cuenta de la cruda realidad del turista. Mi poto estaba irremediablemente cuadrado, y si antes no tenía mucho que mostrar, ahora menos. Pero en todo caso, fue una travesía bien interesante, más aún para mí que jamás había estado en un avión ni había viajado sola a ninguna parte. Así que elegí ventana y me fui mirando como sonsa todo el camino, pensando “ohhhh weon cacha esta weá es como google earth ohhh jojojojoj” y cosas por el estilo. Intruseé el sistema de la tele en el asiento, con todo el huaso power chileno y comí de todo, absolutamente de todo lo que me ofrecieron hasta reventar… más encima que los asistentes de vuelo estaban como pal postre :baba:
Antes de llegar a mi destino, Nagoya, tuve que hacer 3 escalas: la primera en Madrid, con unos guardias que eran más pesados que la puta madre coño tío olé, que me revisaron hasta el alma antes de poder pasar por los detectores. La segunda fue en Frankfurt, y esta vale la pena contarla porque fue una de las experiencias más extrañas que he tenido en la vida xD….
Resulta que como la siguiente parada era Corea, las personas que iban a abordar el avión eran totalmente achinadas y amarillas, por lo que yo figuraba como un punto moreno y extravagante en la masa oriental. Para colmo, el aeropuerto era gigantesco, tanto así que para llegar al gate tuve que tomar metro, sí, metro, y en el dichoso trencito me fui rodeada de personas que me decían weqweqweqsdasdasd, cosa que yo interpretaba como ¿tu sabes dónde chucha hay que bajarse en esta mierda?
Finalmente lo logramos. O eso creímos, porque llegando al gate miré la pantallita de los vuelos y la muy linda no decía Seúl, sino que Sri Lanka o algo un poco peor. Tha fuck! En inglés champurreado averigüé que tenía que ir a otro lugar, así que, mochila en mano, partí por los senderos alemanes cual Heidi, hasta que di con la famosa puerta que me iba a llevar por fin a la tierra de los videojuegos y el taekwondo. El problema radicaba en que ya estaba atrasada como por tres horas, según mi itinerario, y que más encima tenía que esperar otras dos antes de poder subirme al bendito avión con todos mis amigos coreanos, por lo que me dediqué a pasear un rato y mirar a los extranjeros tasables. En eso estaba entretenida cuando de pronto sentí una voz que me llamaba: “salamaleicom” “¿Ah?” Dije yo, volteándome hacia el sujeto en cuestión. “Salamaleicom” repitió, como si ya no pudiera ser más obvio. Yo me quedé parada examinando sus rasgos, evidentemente orientales, con la boca abierta y a punto de responderle como había visto que hacían en la teleserie El Clon. Resulta que el tipo pensaba que yo era egipcia, y por eso me había empezado a hablar en árabe para entablar alguna conversación patriótica. Ok, en mi casa siempre me han molestado con el asunto, que parezco turca y toda la vaina, y ahora parece que no me queda más que creerles. Al fin y al cabo conversamos, en inglés, ya que el Mohamed Alí o como quiera que se llamara, era ciudadano americano, y me entretuvo un rato hablando de su cultura, sus viajes, y un etcétera que habría acabado bien si no se hubiera puesto jote.
- ¿Quieres algo para comer, Ivonne?
- No, muchas gracias, ya comí en el avión (era cierto, debo haber subido unos 143 kilos entre Chile y Alemania).
- ¿De verdad?- inquirió, sacando algunos billetes que se veían apetitosos.
- Sí, no te preocupes, además ya me tengo que ir al gate.
- Ahh entiendo… entonces, ¿me dejas darte un beso?
- ¿AH?
- Un beso.
- Ehhh… “¿Y no querís un salamaleicom en el culo también?” No, no creo que deba hacer eso…
- Está bien.
- Sí.
- Sí.
- Eh, chao.
Corrí a refugiarme entre los coreanos, y luego, al fin en el avión, pude relajarme y sacarme de la nariz el horroroso perfume del cara de camello. ¡Lo que quería, mish!
Así completé mi tercera escala, Seúl, en un aeropuerto precioso y lleno de tiendas de esas en las que no puedes comprar absolutamente nada, para abordar finalmente el armatoste que me llevaría a Japón.
Este último trayecto fue bastante más tranquilo, al menos en lo que respectaba a jotes, porque mi corazón iba latiendo tan fuerte mientras veía las luces de Nagoya por la ventana, que pensé que todos lo estaban escuchando mientras nos tragábamos nuestros respectivos sushi.
Y aquí estoy, muerta de frío y más feliz que la cresta, aún emocionada y con ganas de contarles poco a poco, si es que quieren, las cosas que he vivido después de haber cruzado esa puerta grande y negra que decía EXIT en Chubu.

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craneado por Nahid @ 9:44 午後   14 haciéndome la pata
月曜日, 12月 24
Buscando visa para un sueño

La tele y los cuentos de hadas constituyen una fuente interminable de casos de personas que ven sus sueños más preciados convertidos en realidad. Desde la cenicienta, que alguna vez, por medio de la zoofilia consiguió un lujoso vestido para el baile gracias a sus amigas ardillitas, hasta nuestro principesco heladero chilensis, que se tiró cual estilizado cetáceo a la pileta de Estación Central en el programa Cara y Sello. Son sueños tan diversos como loables, unos más raros que otros, unos más ambiciosos que otros.
Pues bien, nosotros los mortales que no contamos con un espacio en la cajita pública ni mucho menos en los relatos, también tenemos albergadas varias esperanzas en los bolsillos, pero por lo general, y no precisamente debido a la falta de ganas, las dejamos ahí y nos contentamos con andar trayendo un par de polillas. Y es que sí, nuestras metas suelen ser inalcanzables, demasiado utópicas, y mientras más hablamos de ellas más se encarga el resto de disfrazarse de cable a tierra para recordarnos que el mundo real no es así.

Hoy quiero taparle la boca a unos cuantos. Me voy a Japón.

Probablemente para algunos no es gran cosa, más aún si agrego que mi estadía va a ser de un par de meses y no para siempre. Pero para mí es mucho más que un evento afortunado o un sueño, es el principio de uno de los objetivos más descabellados que me he propuesto en la vida; el sólo hecho de pisar suelo nipón y mirar los ojos rasgados de aquellos que he estudiado durante tanto tiempo, es un premio invaluable.

Me salió pulenta la introducción ah? ¿Se dieron cuenta de cómo un sueño por cumplir puede hacerme escribir tal y como lo manda la Real Academia de la Lengua Española? ¿Creían acaso, ilusos, que esta entrada iba a estar libre de improperios y palabras subrayadas en rojo por la versión 2003 de Word? ¡No po weón!
Porque después de la parte rosada del asunto, que me parece realmente rosada y esponjosa, se viene la aventura tal cual es. Me pongo mi gorro de fishing, el desodorante que me regaló Bárbara Blade (para estar lista para lo que sea, y para quien sea) y me doy cuenta de que no puedo ser más novata de lo que soy con respecto a viajes. Ya Ibon, tienes los cupones marcados con cada uno de los vuelos, los horarios y los dibujitos weones, pero con cuea sabes lo que es hacer una escala y ni siquiera te imaginas cómo es un aeropuerto. No, nunca he estado en uno, ni siquiera he salido de esta larga y angosta faja de tierra. Es más, la única vez que estuve a punto de viajar a Mendoza me fui a la mierda porque estafaron a todo el equipo de Kung fu con el que me iba de colada, y me tuve que quedar con las maletas en la mano (y las ganas de garabatear a los flaites en la boca). Pero che, ¿para qué querés irte a la Argentina si tenés la oportunidad de viajar al otro lado del mundo? ¡Las pelotas!
El problemilla es que no sé qué voy a hacer el día que esté allá, con cara de zippy mirando para todos lados en busca de ayuda. Con una cara aún más terrorífica que la que tengo en el pasaporte y el bolso innecesariamente fashion que mi madre me ha facilitado.
¿Y para qué voy a la tierra de los ninjas? Pues, si la querida amiga que me recibirá en Nagoya ablanda su corazón y decide no venderme como mascota latina a la mafia Yakuza, me dedicaré a carretear en el centro de Tokio, andar en metro, pasear por los festivales varios, conocer monumentos históricos, hablar con las viejas que tiran agua en la vereda- ¿o eso pasaba en Ranma nomás?- e ir a mirar con disimulo los nuevos modelos de lo que sea de Sony con la esperanza de que se me caigan todas las cosas con escándalo en la mitad de la tienda, que un apuesto jovencito las recoja, me mire a los ojos, yo a los de él, me toque la mano por casualidad y yo la retire con vergonzosa y femenina actitud, me sonría con dentadura perfecta, me pregunte si estoy bien – daijoubu desuka?- yo le diga que no se preocupe – daijoubu desu-, nos flechemos sin control y curiosamente resulte ser el hijo del gerente.
Y ah sí, también me interesa la cultura y la historia y todo eso.
Como sea, ya no me queda más que aperrar mientras el calendario me indica que el gran día se acerca, ese que se veía tan lejano cuando aún estaba en la U lidiando con diccionarios y traducciones y luchando telefónicamente con uñas y dientes para conseguir una buena tarifa. Y por último si se me cae el avión, por favor Buda, tú que todo lo sabes y todo me lo perdonas, haz que caiga en la isla de Lost con Jack y Charlie, ¿weno?

Update: feliz navidad y próspero año nuevo para todos los lindos, cúrense como piojos, cómanse a su mejor amigo y digan después que no recuerdan nada.

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craneado por Nahid @ 11:23 午前   22 haciéndome la pata
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